Algunos días nos apetece salir a la calle y mezclarnos con gente desconocida. Todo el mundo nos parece bueno y ver la cara de gente diferente a cada minuto nos da fuerza para continuar con nuestras cosas. Desde que estoy en Barcelona, eso de encontrarme tanta gente diferente a lo largo del día muchas veces me cansa. Busco por la mañana en mi ruta hacia el trabajo, caras conocidas, con las que nunca me saludaré ni diré nada, pero que me hacen sentirme segura. Todos vamos al mismo sitio a esas horas, unos al trabajo, otros a llevar a los niños al colegio, etc.
Otros días en cambio, no nos apetece ver a nadie y nos encerramos en nuestra casa. Sabemos que allí no va a entrar nadie desconocido. Ayer era un día de esos en los que tenía ganas de salir a la calle y ver gente diferente. Pero no pudo ser. Estube medio enferma y tuve que quedarme en la cama. Salí un momento para ir al médico, pero odié profundamente a todo el mundo porque me miraban raro. Llevaba escrito en la cara que no me encontraba bien y supongo que por eso me miraban.
Hoy tampoco podré salir, y una semana más volveré a quedarme sin ver a gente diferente. Mañana las caras que me acompañaran serán las de cada día. Lucharé para que la semana que viene no sea así, y pueda ver a gente nueva. O quizás el otro fin de semana seré yo la que decidiré encerrarme en mi casa y vivir en mi mundo. Total que nunca estamos contentos con lo que tenemos, ¿no?