Identidades
Era mi primer día de trabajo, no sabía que me iba a encontrar ni tan siquiera cual sería exactamente mi tarea. En la entrevista habían remarcado muchísimo que necesitaban a una persona seria, metódica y discreta. Me consideraba una persona con las características que pedían para el puesto, aún así, con la emoción de haber encontrado una manera de sacar un dinero para pagar mi miserable piso, no pregunté nada sobre las tareas que me iban a encomendar.
Todo fue muy misterioso desde el primer momento. El anuncio que vi en un panfleto medio tirado en la calle. La entrevista fue en un sitio bastante apartado de la ciudad, y no me dieron la dirección exacta dónde había que ir hasta el último día. El mensajero que me trajo el sobre tampoco parecía nada convencional. Pero de esto me dí cuenta mucho después.
Las oficinas eran de lo más normal. En general, todo parecía estar en su sitio. En mi antiguo trabajo nada parecía estarlo, pero hubiera aguantado, sinó hubiera sido porque un compañero me hubiera denunciado injustamente que había robado una pantalla de ordenador. Después de hacerle entender a mi jefe, que yo ni tan siquiera tenía un ordenador dónde conectarla, cosa que evidentemente no creyó, salí por la misma puerta por la que entraba cada mañana.
Había vivido hasta entonces, de la paga que recibía del Estado para jóvenes de entre 30 y 35 años, sin ocupación. El dinero no era para hacerse rico, pero si suficiente para ir tirando. Después de estar días y días encerrado en mis 40 metros cuadrados de piso, decidí empezar a salir y buscarme un medio de vida.
Todo me pareció correcto, hasta que pasados unos días me dí cuenta que algo no funcionaba cómo a mi parecer debía funcionar. Realizaba unas tareas demasiado manuales para mi entender. Estábamos en el siglo XXII, y la mayoría de información se gestionaba mediante ordenadores, que hacían la mayor parte del trabajo. Pero entre mi emoción por ver mis problemas de dinero solucionados durante un tiempo, y mis ganas de volver a encontrarme con la sociedad, no me hicieron sospechar que nada era corriente en ese sitio.
Ya pasadas dos semanas, decidí averiguar un poco de la empresa dónde me había metido. Qué mejor manera que hablar con alguien de allí. Me daba miedo meter la pata y preguntar a quién no tocaba. Estuve observando un poco a las personas más cercanas a mi mesa, y con la que podía llevarme mejor era una chica más o menos de mi edad. Nos habíamos cruzado varias veces en el ascensor por la mañana, pero no nos dirijiamos la palabra más que para entregarnos algunos papeles, pero ella siempre me sorprendía mirándola más de lo normal. Nunca me hablaba, solo sonreía.
Un día al marchar hacía casa, me dí cuenta que cogía mi mismo autobus, quizás no vivíamos muy lejos o incluso éramos del mismo barrio. Ella bajó una parada antes que la mía. Mi piso estaba situado tres calles más lejos, así que decidí esperar al día siguiente para poder hablar con ella, ahora que sabía dónde vivía me sería más fácil fingir un encuentro casual.
Llegaba el final de la semana, y no quería dejar pasar más días sin intentar cruzarme con ella para poder sacarle un poco de información. Ese mismo día, la casualidad quiso que todo saliera a pedir de boca. Pude acabar lo que estaba haciendo y salir en el mismo momento que ella. No se fijó que la estuve siguiendo hasta llegar a la parada de autobús. Ni tampoco reparó en mí cuando bajé detrás suyo. Entró en una tienda para comprar supongo lo que sería su cena. Hice lo mismo, y en un pasillo del supermercado aparenté estar mirando con toda mi atención una estantería de carne enlatada. Enseguida me reconoció, cosa que me alegró, así no tenía que dar yo el paso de empezar la conversación.
- Hola... perdona no recuerdo tu nombre...
- Hola, soy Ernesto, y tu... mmm... creo que te llamas Elena, ¿verdad?
- Sí, tienes buena memoria – dijo con la mejor de sus sonrisas.
Empezamos a hablar y hablar, aunque ella parecía un poco incómoda. Cuando me dí cuenta que se sentía un poco cohibida, aproveché el momento para invitarla a tomar algo en mi casa. Supongo que siendo la primera vez que nos veíamos fuera del trabajo era algo inusual hacer algo así. Pero no sé porqué, pensé que en un sitio con más gente no podríamos hablar cómo en mi casa. A parte que me había fijado bastante en ella, hasta creo que me gustaba un poco. Podía aprovechar la ocasión para acercarme un poco más a ella. Accedió de inmediato, cosa que me dio a entender que también tenía ganas de hablar.
Una vez allí me dí cuenta de lo aislado que había estado del mundo. Estaba todo hecho un desastre y a mi no me había importado hasta entonces. Saber que alguién estaba viendo el caos que había en mi casa y de rebote en mi vida, me dio hasta un poco de asco de mi mismo. No pareció importarle, apartó un jersei que había tirado en el sofá, y se sentó. La notaba nerviosa, pero con ganas de hablar. Y eso es lo que hicimos durante horas y horas. Cuanto más me contaba, más cambiaba mi cara, cada cosa nueva que sabía de dónde trabajábamos, no hacía más que aumentar mi estupefacción. Presentí que corríamos hasta peligro por estar allí hablando de todo aquello.
Con el paso de los años los Registros Civiles habían llegado a tal punto de corrupción por parte del Estado, que se habían tenido que crear archivos aparte para controlar un poco la situación. La corrupción en la calle era tal, que empresarios y gente de poder había querido desaparecer un buen tiempo, y así poder gastar sus fortunas obtenidas ilegalmente sin temor de ser reconocidos. El Estado ayudaba así a personajes por grandes comisiones que invertía evidentemente en intereses totalmente personales. Todos los funcionarios de los Registros vivían en una total mentira. No preguntaban, sólo hacían lo que se les mandaba. Siempre había que cambiar partidas de nacimiento o certificados de defunción para poder ayudar a todos esos individuos corruptos. Personas muy influyentes de dentro mismo del Estado, habían creado a parte de todo eso el departamento dónde estábamos, para poder saber realmente quién era quién. Ella lo sabía porque alguién se lo había contado hacía unos años. Y yo estaba asombrándome cómo ella debió asombrarse cuando se lo contaron por primera vez. Algún día las personas encargadas en todos los países del mundo, de mantener resguardadas las personalidades reales, volverían a apoderse del mando. Una vez pasara eso podrían dar a cada uno el lugar que le pertocara. Muchas estafas y trapicheos saldrían a la luz y todo volvería a su sitio. Era muy peligroso para ambos poseer esa información, lo dijo con un gran miedo en su mirada. Le cogí la mano para darle confianza y al mismo tiempo que supiera que yo no le fallaría y no diría nada. Seguro que las personas que desaparecían todos esos últimos años, era por esos casos que me había contado.
Cuando ella marchó me quedé pensando durante horas en todo lo que me había contado. En realidad mi trabajo encubierto lo estaba haciendo sin yo saberlo. Para mi todo era lo mismo, registros y registros de miles de personas.
Al día siguiente todo lo veía con otros ojos. Me sentía engañado, aunque en realidad mi trabajo consistía en todo lo contrario. Estábamos intentado que toda esa sarta de mentiras no quedara escondida entre miles y miles de datos computerizados. Entendí entonces el tamaño importante de papel que se movía. Era algo tan rutinario que me pasó inadvertido, estábamos trabajando con los mismos datos de personas en dos archivos diferentes. Tenía ganas de investigar más y saber hasta dónde podía llegar la corrupción dentro de toda esa información. En contrapartida, yo había firmado un cláusula de confidencialidad y no creía conveniente remover más el asunto.
Con todo el cuidado del mundo le dejé una nota a Elena encima de su mesa. Me estaba jugando el tipo y el puesto de trabajo, lo sabía, aún así me arriesgué.
“Te espero a la salida en la parada de autobús”.
Con sus ojos me dijo que si, que allí estaría. Estuve esperándola más de una hora y no se presentó. Pensé que quizás había pasado algo, pero durante el resto de horas que estuve en mi casa dando vueltas al asunto, tuve tiempo para pensar de todo. Intentando sacar algo en claro del asunto y mirando un programa muy aburrido de la televisión, me dormí en el sofá mismo. Me despertó cómo siempre la voz de mi despertador. No lo encontraba porque evidentemente estaba en mi habitación, lejos de mi alcance.
Entré en la oficina con la paranoia de que todo el mundo me estaba mirando. No era verdad, pero yo notaba que todos los ojos se dirigían a mi persona. Al llegar a mi mesa, dirigí la mirada al sitio de Elena. Estaba vacío, ella no estaba. Era extraño, ella siempre llegaba antes que yo. Me acerqué disimuladamente a su mesa. Allí estaba el cartelito con su nombre, o sea que si hubiera dejado el trabajo el cartel no estaría alló. Fueron pasando los minutos y no aparecía. Empecé a preocuparme. Todo era muy lioso y intenté relajarme y continuar con el trabajo del día anterior. Pero no podía, no paraba de dar vueltas y vueltas a todo lo que sabía. En realidad estaba trabajando para la parte buena de todo ese asunto, pero si la parte mala se enteraba de lo que allí se tramaba, podía liarse de mala manera. No sabía a quién preguntar por Elena, me daba pánico dar señales de que me preocupaba por quién tenía que ser una simple compañera de trabajo y nada más. El chico que repartía el trabajo dejó en mi bandeja una nueva carpeta con más certificados. En un papel junto al certificado, se anotaba realmente si esa persona había fallecido o no, o si bien alguien había usurpado su identidad aprovechando su defunción. Mis ojos captaron inmediatamente el nombre de uno de los 5 certificados que había extendido sobre mi mesa: ELENA MARTÍNEZ COLLADO. Era su certificado de defunción. No podía creerlo, por unos segundos desapareció todo lo que tenía alrededor, parecía que las letras bailaban cada una por un lado. En el papel aparte dónde se consignaba el nombre de la persona que había comprado la identidad de Elena, aparecía un nombre que me sonaba mucho: MARIA DE LOS ANGELES GARCÍA PINTADO. No sabía realmente quién era, pero su nombre seguro que lo había visto en más sitios. Tenía unas ganas terribles de huir de allí. No me gustaba nada todo lo que estaba pasando. Con la excusa de una pequeña indigestión, pude salir corriendo para esconderme en mi casa. No sabía que hacer ni a quién acudir para aclarar un poco todo lo que estaba ocurriendo. Encendí la televisión por simple manía de oír alguna voz, ni la escuchaba, pero de repente oí el nombre que había visto en ese certificado. Subí el volumen. Allí lo entendí todo. Había habido un grave accidente en una carretera que siempre llevaba gran afluencia de tráfico para entrar a la ciudad. Se habían visto implicados varios coches y entre ellos el de la Sra. García Pintado, que cómo me recordaron en un cartelito, había sido Delegada del Departamento de Grandes Proyectos Urbanísticos. Ella había sido la que había comprado la personalidad de Elena. No me lo podía creer. Quería gritar para sacar todo el dolor que llevaba dentro. En ese momento llamaron a mi puerta. Sabía que no podía escapar por ningún sitio. Venían a buscarme, sabía demasiado...
heaway